Krankzinnigheid II: Van Gogh como premisa

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Lyon, enero de 2009. La élite de la representación española que se encuentra en la confluencia de los ríos Ródano y Saona disfrutando de su maravillosa beca Erasmus, permanece reunida en su cuartel general. El vino comienza a causar estragos entre los miembros y un brote de exaltación conduce a la compra descontrolada de pasaportes con rumbo hacia la locura (traducido al neerlandés, krankzinnigheid). ¿Era necesario? Evidentemente sí. Bien es cierto que este grupo de desalmados vivían a sus anchas, sin ataduras, gozando de la libertad en su plenitud. La citada ciudad francesa se había convertido en el centro del Universo, sustituyendo así a la teoría heliocéntrica de Nicolas Copérnico. Sin embargo, parece que eso no les bastaba, no colmaba sus aspiraciones. Habían oído de la existencia de un lugar en el que todo inimaginable existía, donde el libre albedrío se convertía en realidad. Era una creencia que, incluso en el siglo XVII, era defendida por el padre de la filosofía moderna, René Descartes: “¿En qué lugar del mundo se pueden encontrar tantas comodidades y curiosidades al alcance de la mano? ¿En qué lugar del mundo se puede sentir tanta libertad?”. Eso sí, este territorio debía ser conquistado pero únicamente por ciertos días, ya que habían escuchado que la permanencia prolongada en aquel sitio podría ser muy perjudicial para la salud. Y así hicieron. Durante algo menos de una semana, Amsterdam proporcionó a este elenco de artistas algo más de lo que ya tenían y eso era una ardua tarea.

Tras esta breve introducción, os voy a hablar de ciertos aspectos que no comenté el otro día. Nada más llegar a la ciudad, nos desplazamos hacia Leidseplein, zona en la que nos alojábamos. Habíamos alquilado dos habitaciones en un humilde hostal. El lugar estaba bastante bien situado y era barato, así que genial. Si no recuerdo mal, vimos un folleto en el que se anunciaban tours gratuitos por Amsterdam a pie. El siguiente turno era al día siguiente, sobre las 10 de la mañana. Pasó la noche y llegó la hora de levantarse. Nos dirigimos hacia la Plaza Dam, conocido como el verdadero centro de la ciudad. Debe su nombre por estar situada en el lugar en el cual existía una presa (Dam en neerlandés) en el río Amstel, de ahí el nombre de la localidad. La plaza es de forma rectangular, destacando el Palacio Real neoclásico, edificio construido a mediados del siglo XVII. Sería el Ayuntamiento de Amsterdam hasta 1808, año en el que se convertiría en Palacio (decisión tomada por Luis Bonaparte). Junto a él, se encuentra la iglesia gótica de Nieuwe Kerk, la cual data del siglo XV, y el Monumento Nacional, un obelisco de 22 metros de altura realizado en 1956 y que rinde homenaje a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. En esta obra (la cual es el punto clave de la gran plaza) es donde se congregaban un gran grupo de personas, las cuales, citadas por un mísero folleto, habían acudido para ser guiadas por las calle de Amsterdam de forma gratuita. Realmente aconsejo esta forma de visitar la ciudad, ya que te cuentan historias bastante curiosas y de gran interés. No se accede a ningún recinto pero te animan a visitar ciertos lugares en días futuros. Además, te explican el porqué de ciertos asuntos que quizás no aprendas en ningún otro sitio. Un paseo de unas dos horas, en el que te muestran la casa más estrecha del mundo, te hablan de las curiosidades de la arquitectura del lugar, del movimiento okupa y su viabilidad, del emplazamiento de la casa de Ana Frank, los canales y sus casas flotantes, y de otras tantas cosas interesantes con las que te quedas bastante satisfecho. El tour termina con el guía dándote las gracias y pidiéndote la voluntad. Lo cierto es que se llevó un suculento premio de manos de los allí presentes. Por cierto, existe la posibilidad de recibir las explicaciones en varios idiomas, dividiéndose los grupos según la lengua deseada por los turistas.
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Krankzinnigheid I: bienvenido a Amsterdam

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Siguiendo el modus operandi utilizado para hablar del enigmático Síndrome de Stendhal, me gustaría destripar un hermoso paradero situado al norte de Europa: Amsterdam, ese lugar al que todo el mundo quiere ir y que se caracteriza por tener tres misteriosas aspas en su bandera. ¿Qué quieren decir? Recuerdo que fue una de las primeras preguntas que me llegaron a la cabeza cuando estuve en este maravilloso lugar. Hay varias teorías acerca del significado de las mismas. Como todos saben, la capital holandesa tiene como uno de sus principales atractivos el ‘Barrio Rojo’ y claro, esas tres cruces en forma de equis podrían hacer referencia a todo ese mundo y lo que le rodea. Al fin y al cabo, refiriéndose a la libertad que fluye. Sinceramente, no lo creo. Otra teoría habla del valor, la determinación y la misericordia, algo parecido a nuestros queridos franceses. Sin embargo, las teorías más verosímiles para mí son las siguientes: una que hace referencia a San Andrés (patrón de la ciudad que fue atado a una cruz en forma de equis y padeció su dolor durante tres días) y otra que defiende que tales símbolos se refieren a las tres grandes desgracias que han asolado la ciudad en su historia (incendios, peste e inundaciones). Interesante.

He de decir que Amsterdam es peligrosa. ¿Por qué? No es lógico que esté a tu alcance magnífica hierba y que, en algunos momentos, parezca que es el Apocalipsis. Con esto me refiero a que la tranquilidad que vives en ese ‘coffee shop’ desaparece y se convierte en miedo cuando sales a la calle. Las miles y miles de bicicletas no se preocupan por ti. O te apartas o mueres. Pero esto no es todo. Hay unos imponentes tranvías que van a una velocidad vertiginosa y claro, también hay coches (los menos preocupantes). ¿Resultado? Abres la puerta para comunicarte con el exterior y sólo escuchas voces que te advierten los peligros a los que estás expuesto, pero no sabes a ciencia cierta el lugar del que provienen. Caos puro y duro. Eso sí, esto ocurre únicamente la primera vez. Del segundo ‘coffee’ ya sales con la lección aprendida.
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En Londres con Stendhal

En el año 2009 pude visitar varios lugares increíbles. Uno de ellos fue Londres, sitio en el que pude contactar de manera más cercana con Stendhal, al cual conocía de mis apuntes de Historia del Arte.

bailarinas-degasCreo recordar que fue en marzo cuando decidí ir a la capital inglesa junto a cinco amigos. Como buen amante del Arte, uno de mis objetivos era disfrutar la oferta artística que brindaba la ciudad. Así, intimé durante cierto tiempo con grandes artistas de todas las épocas, gracias al British Museum, Tate Modern y National Gallery. Una perfecta conjunción con la que pude contemplar los magníficos trofeos que Lord Elgin tomó prestados de Atenas y admirar el arte egipcio y asirio (en definitiva, disfrutar de Arte Antiguo en el British), así como gozar del arte moderno y contemporáneo (Tate). Sin embargo, el lugar que más me impresionó fue la National Gallery. Situada en Trafalgar Square, es una pinacoteca (exhibe únicamente obras pictóricas) que aloja creaciones realizadas entre los años 1250 y 1900 en Europa. En este magnífico lugar, experimenté una sensación bastante extraña. Llevaba casi dos horas deleitándome con los cuadros de tanto genio y llegué a la sala dedicada a los impresionistas (creo que en realidad eran dos centradas a ellos). Es un estilo que me apasiona, por lo que estaba bastante calmado admirando a Monet, Manet o Renoir. Esa tranquilidad iba a despedirse de mí cuando llegaron a mis ojos las bailarinas de Degas. Mi corazón comenzó a latir de manera exagerada y perdí la noción del tiempo. No sé exactamente cuanto tiempo me llevé sorprendido ante tanta belleza. Tras este periodo enigmático y confuso, supe a lo que se refería Stendhal. Este escritor francés ya habló en el siglo XIX de estas mismas sensaciones al observar la riqueza artística de Florencia. Hace 30 años, fue declarado como síndrome, ya que eran numerosos los episodios similares que habían sufrido varios turistas en la ciudad italiana y que casaban a la perfección con la descripción dada anteriormente por el novelista.

Desconozco si el síndrome de Stendhal es algo que pase a menudo. Sé que muchos amantes del Arte desconocen su existencia y por ello he descrito mi experiencia.